Una noche de Halloween en Cantabria.
1. El peor Halloween del mundo
Cantabria, 31 de octubre de 2026.
—¡No es justo! ¡Es que no es justo!
Lucía, de trece años, estaba sentada en el asiento trasero del coche, con los brazos cruzados y los auriculares puestos. Llevaba toda la tarde de mal humor.
Su madre intentaba encajar la última maleta en el maletero.

—Lucía, cariño, ya hemos hablado de esto.
—¡Pero mamá! ¡Mis amigas van a celebrar Halloween juntas! ¡Llevamos semanas preparándolo!
—Pues yo tampoco quiero ir —intervino Nico, su hermano de once años—. Habíamos quedado para salir a pedir caramelos. ¡Mira!
Levantó un cubo naranja con forma de calabaza.
—¿Y ahora qué hago con esto?
—Pues llévatelo —respondió su madre—. A lo mejor la abuela tiene caramelos.
Nico la miró horrorizado.
—Mamá, ¡no es lo mismo!
Su madre cerró el maletero y suspiró.
—Solo vamos a pasar el fin de semana. Hace mucho que no veis a la abuela y le hace muchísima ilusión que vayamos.
—Genial —murmuró Lucía—. Halloween en un pueblo donde no pasa absolutamente nada.
Nico dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—El peor Halloween de la historia.
Ninguno de los dos imaginaba lo mucho que iban a arrepentirse de aquellas palabras.
2. La casa de la abuela
Cuando llegaron al pueblo, estaba anocheciendo.
Las últimas luces del día iluminaban las montañas. Una fina niebla descendía lentamente entre los árboles y el aire olía a tierra mojada.
La casa de la abuela era una antigua casona cántabra de piedra, con una balconada de madera oscura, grandes aleros y un tejado de tejas envejecidas. La hiedra trepaba por algunos muros y un pequeño sendero cruzaba el jardín hasta la puerta principal.

—Bueno, al menos hay cobertura —comentó Lucía mirando el móvil.
—Qué emoción —respondió Nico—. Podemos ver cómo nuestros amigos se divierten sin nosotros.
Antes de que su madre pudiera decir nada, la puerta de la casa se abrió.
—¡Pero bueno! ¡Mis niños!
La abuela salió a recibirlos con los brazos abiertos.
Los besó, los abrazó y aseguró que habían crecido muchísimo desde la última vez.

—¡Entrad, entrad! ¡Que hace frío! Tengo la cena preparada.
Dentro de la casa olía a sopa caliente y a leña. La chimenea estaba encendida y la lluvia empezaba a golpear suavemente los cristales.
La cena transcurrió entre preguntas, bromas y las inevitables protestas de Lucía y Nico por haberse perdido Halloween.
Hasta que la abuela sonrió.
—Bueno… quizá pueda compensaros con una historia.
Nico levantó la cabeza.
—¿Una historia de miedo?
—Una que me contaba mi abuela cuando yo era pequeña.
Lucía puso los ojos en blanco.
—Por favor, abuela. Que ya tenemos una edad.
La anciana no contestó inmediatamente.
Se levantó, echó otro leño al fuego y miró hacia las ventanas.
Después volvió a sentarse.
—Entonces, escuchad.

3. Lo que contaban los antiguos
—Hace muchísimos años, cuando las noches eran más oscuras y las casas se iluminaban con velas, había una pequeña aldea entre las montañas de Cantabria.

La voz de la abuela parecía distinta a la de unos minutos antes.
—Era un lugar tranquilo. Durante el día, sus habitantes trabajaban en el campo, cuidaban a sus animales y se ayudaban unos a otros. Pero cuando caía la noche, todos cerraban bien las puertas y las ventanas.
—¿Por los ladrones? —preguntó Nico.
—No —respondió la abuela—. Por algo mucho peor.
Lucía soltó una risita.
—Ya empezamos…
La abuela continuó.
—Una mañana, un niño de la aldea despertó muy enfermo. Estaba tan pálido como la cera y apenas podía levantarse de la cama. Su madre pensó que tendría fiebre, pero no estaba caliente. Tampoco se quejaba de ningún dolor.

»Simplemente no tenía fuerzas.
»Al día siguiente, otro niño despertó igual. Y después otro.
»Nadie comprendía qué estaba ocurriendo.
El fuego crujió en la chimenea.
—Una noche —prosiguió la abuela—, la madre del primer niño decidió quedarse despierta junto a su cama. Quería descubrir qué lo estaba enfermando.
»La casa estaba completamente a oscuras. Solo ardía una pequeña vela sobre la mesa.
»Durante horas no ocurrió nada.
»Hasta que, poco después de medianoche, escuchó un ruido.
Ras… ras… ras…
Nico dejó de jugar con su cubo de calabaza.
—¿Qué era?
—Parecía que alguien arañaba la madera de la ventana.

»La mujer contuvo la respiración.
»El ruido cesó.
»Se acercó lentamente a la ventana, pero no vio a nadie. Fuera solo estaban las sombras de los árboles.
»Volvió junto a la cama.
»Y entonces escuchó el mismo sonido.
Ras… ras… ras…
»Esta vez procedía del otro lado de la habitación.
La abuela hizo una pausa.
—Cuando la mujer consiguió encender otra vela, descubrió que la ventana estaba abierta.

—¿Y había entrado alguien? —preguntó Nico en voz baja.
—Eso nunca llegó a saberlo.
»A la mañana siguiente, el niño estaba todavía más débil.
»La noticia se extendió por toda la aldea. Las madres tenían miedo de acostar a sus hijos. Algunas dormían junto a ellos. Otras mantenían las velas encendidas hasta el amanecer.
»Y entonces, una anciana del pueblo pronunció un nombre que hacía muchos años que nadie se atrevía a mencionar.
La Guajona.
4. La criatura de la noche
—Decían que era una bruja que rondaba las casas cuando todo el mundo dormía —continuó la abuela—. No buscaba dinero ni comida. Buscaba algo mucho más terrible.
»La sangre de los niños y de los jóvenes.
»Se acercaba a ellos mientras dormían, les robaba un poco de sangre y desaparecía antes del amanecer.
»No quería matarlos. Regresaba noche tras noche.
»Por eso sus víctimas despertaban cada vez más pálidas, cada vez más débiles… hasta que apenas podían levantarse.
Nico tragó saliva.
—¿Y nadie la había visto nunca?
—Algunos aseguraban haber oído sus pasos. Otros hablaban de una sombra junto a la cama. Pero cuando encendían una vela, ya no había nada.
—O sea, que nadie tenía pruebas —interrumpió Lucía.
—Puede ser —respondió su abuela.
—¡Pues claro! Seguro que los niños estaban enfermos y la gente se inventó lo de la bruja.
—Quizá tengas razón.
La abuela miró el fuego.
—Pero había algo en lo que todos estaban de acuerdo.
—¿Qué? —preguntó Nico.
La anciana levantó lentamente la vista.
—Que si escuchabas tres arañazos en la ventana durante la noche, debías quedarte donde estabas.
»Y, sobre todo…
Hizo una pausa.
—No debías abrirla.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Entonces Lucía estalló en una carcajada.
—¡Abuela! ¡Eso parece una película de terror de las malas!
Nico también se rio, aunque no con tantas ganas.
—Sí, sí. Una bruja que araña las ventanas. ¡Qué miedo!

La abuela sonrió débilmente.
—Bueno, niños. Ya es tarde. Será mejor que os acostéis.
5. Buenas noches, niños
Lucía y Nico iban a dormir en una habitación del piso superior.
Era un dormitorio amplio, con dos camas de madera, un armario antiguo y un pequeño ventanuco enmarcado por gruesos muros de piedra.
—Vaya habitación —comentó Lucía—. Solo faltan los fantasmas.
—Ja, ja. Muy graciosa —respondió Nico.
La abuela entró detrás de ellos.
—Os he dejado unas mantas más gruesas, por si tenéis frío.
Se acercó al ventanuco, comprobó el cierre y corrió un poco las cortinas.
—Y no abráis la ventana esta noche.
Lucía sonrió burlonamente.
—Tranquila, abuela. No queremos que entre tu amiga la Guajona.
La anciana no se rio.
—Buenas noches, mis niños.

Les dio un beso a cada uno y apagó la luz.
Cuando sus pasos se alejaron por el pasillo, Nico se volvió hacia su hermana.
—Lucía…
—¿Qué?
—¿Tú crees que la abuela se inventó la historia?
—Nico, por favor. Tienes once años.
—Ya, pero…
—Duérmete.
Pasaron unos minutos.
Lucía miraba el móvil debajo de las sábanas. Nico permanecía inmóvil, con los ojos abiertos.
Fuera, el viento sacudía las ramas de los árboles.
La lluvia había dejado de caer.
La casa estaba completamente en silencio.
Hasta que se escuchó un ruido.
Ras…
Nico abrió mucho los ojos.
Ras… ras…
—Lucía…
—¿Qué quieres ahora?
—¿Has oído eso?
—Será una rama.
—Pero viene de la ventana.

Lucía suspiró, dejó el móvil sobre la cama y levantó la cabeza.
Durante unos segundos no escucharon nada.
Después, muy despacio:
Ras… ras… ras…
Esta vez, Lucía también lo había oído.
Los dos hermanos miraron hacia el ventanuco.
La cortina se movió ligeramente.
—Lucía… —susurró Nico.
—Calla.
La luz de la luna iluminaba tenuemente el cristal.
Y entonces la vieron.
Una silueta oscura, encorvada e inmóvil, recortada al otro lado de la ventana.
No distinguían su rostro.
No podían saber qué era.
Solo que había alguien allí.
Alguien que estaba observándolos.

Nico agarró la manta con ambas manos.
—Lucía…
Su hermana no respondió.
Porque acababa de recordar algo.
Estaban en el piso de arriba.
Y al otro lado de aquella ventana…
No había ningún balcón.



